Cuando el euro se introdujo como moneda única europea, se realizó un enorme paso adelante para una más eficiente asignación de capital en el interior de la Unión.
Sin más divisas nacionales, los mercados de los capitales de Europa se han integrado rápidamente y se ha vuelto posible mover capitales a través de los confines sin impedimentos y sin riesgos de cambio.
La finalidad principal de la unión monetaria era precisamente consentir que el capital fluyera allí donde era más requerido y más productivo. Muchos países europeos han sacado ventaja de la nueva situación y han atraído ingentes capitales del extranjero.
Tanto mediante la inversión directa como mediante el recurso al préstamo extranjero, la afluencia de capitales ha aumentado la capacidad de financiar el gasto interno mucho más de lo que hubiera sido posible en falta del euro. Sin embargo, en el caso de que este gasto adicional no hubiera surtido el efecto de aumentar el potencial a largo plazo de la economía, el nivel adicional de endeudamiento externo hubiera tenido necesariamente consecuencias nefastas.
España es una de las economías cuya trayectoria de crecimiento ha cambiado de forma más dramática. Gracias a un estricto control de las finanzas públicas y a una gran afluencia de capitales, en el decenio pasado España empezó un fuerte y duradero proceso de crecimiento económico, que a menudo se ha indicado como el ejemplo positivo de lo que se hubiera podido alcanzar a través de la unión monetaria europea.
Desafortunadamente, en España así como en otras partes de la Europa meridional, este proceso también ha tenido consecuencias bastante negativas. Aunque se hayan alcanzado altas tasas de crecimiento económico, así como altos niveles de inversión, éste se concentraba de forma desproporcionada en sectores al amparo de la competencia extranjera, en especial, pero no solo, en el sector inmobiliario.
Muchas de estas actividades en el sector de los non-tradables han atravesado una fase de fantástico boom, con tasas de rentabilidad altísimas, que a su vez han atraído oportunidades de inversión y crecimiento adicionales.
La principal consecuencia de este proceso es haber descuidado, o hasta discriminado, el sector de la producción de bienes comerciables, es decir todas las industrias que cotidianamente compiten con el resto del mundo.
Estas industrias han perdido en cuanto a competitividad y por lo tanto en rentabilidad; han tenido que recortar las plantillas y se han encontrado ante la imposibilidad de competir para atraer talento y hasta, en cierta medida, capital.
Y así, ahora que a causa de la inflación, la incertidumbre financiera o la amenaza de una gran crisis financiara mundial, la afluencia de capitales se vuelve más difícil o costosa, las empresas españolas se encuentran incapaces de hacer frente a la nueva situación.
Éstas operan o en el sector interno protegido y tienen que esperar la llegada de la reactivación económica, que difícilmente llegará pronto; o tienen que contar con las exportaciones – o tienen que enfrentarse a la competencia de las importaciones – cosas para las cuales no están equipadas, a causa de la pérdida de competitividad consecuencia del excesivo nivel de inversión en bienes no comerciables.
Un largo periodo de performance económica negativa domina las perspectivas para el futuro previsible. Y la situación mejorará solo si la competitividad se recuperará.
La competitividad se alcanza cuando empresas grandes y pequeñas entienden que es su interés invertir cualquier tipo de recurso que genere innovación.
Este esfuerzo no tiene que estar localizado a la fuerza, aunque la concentración espacial puede ser muy útil, pero de todas manera tiene que interesar una base amplia para que logre tener un impacto. Dado que los países de la Europa mediterránea están metidos en un profundo problema de competitividad, que la crisis financiera internacional y la ralentización previsible de la economía global hacen todavía más serio, son necesarias nuevas estrategias de desarrollo empresarial y una nueva oleada de innovaciones productivas.
¿Las empresas existentes o los nuevos empresarios sabrán responder adecuadamente al desafío?
Antonio Borges, Università Bocconi